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diciembre 11, 2009 / Joaquim Montaner

Día 8: La otra declaración de Derechos Universales

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Para la acción (dentro de los 16 días de activismo contra la violencia de género) de hoy, que se lanza el día después del aniversario de la Declaración de Derechos Humanos, te traigo las palabras que se escribieron, hace bastantes días en Sin Género de Dudas, recogiendo un artículo de Nicole Muchnik; pienso que la tarea es aún muy grande… pero insisto,… sobre todo para nosotros, para los varones…

La mujer nace libre y, en derechos, permanece igual al hombre”. Éste es el primer artículo de la Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana, redactada en 1791 por la francesa Olympe de Gouges. Con él Olympe de Gouges subrayaba de entrada un olvido terriblemente significativo de la célebre declaración revolucionaria de 1789, en la cual no figuraba en absoluto la palabra mujer.

En plena Revolución Francesa, una escritora redactó la primera proclamación de igualdad femenina

Insta a las mujeres a recordar a los hombres que sin ellas no estarían donde están

Por NICOLE MUCHNIK. [Fuente: El Pais ]

Se celebra estos días el 60º aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de Naciones Unidas. Con tal motivo no está de más recordar a la mujer, pionera en la historia, que redactó una declaración cuya originalidad y profundidad se reconoce hoy no sólo en ambientes feministas sino también en medios universitarios. En pleno proceso revolucionario francés, Olympe de Gouges escribió el primer documento que postula la igualdad jurídica y legal de las mujeres respecto a los hombres y el carácter universal de los derechos cívicos.

Nacida en 1748, hija de un carnicero y escasamente educada, Marie Olympe de Gouges se convirtió desde su llegada a París en 1788, un año antes de la Revolución, en una femme de lettres reconocida, o sea, una escritora en el sentido amplio de la palabra, dedicando su talento a escribir tanto obras de teatro como numerosos artículos, panfletos y discursos sobre la necesidad de reconocer los derechos civiles de las mujeres, pero también a favor de la abolición de la esclavitud, tema sobre el cual los mismos revolucionarios tuvieron más de una vacilación. Basta recordar que Voltaire, según Léon Poliakov, “no dudó en participar en un negocio de Nantes dedicado a la trata de negros, lo cual resultó ser una inversión altamente remuneradora”.

Mujer de pensamiento complejo, Olympe de Gouges se inscribe en la línea filosófica de Montesquieu y pregona la separación de poderes. Pero al mismo tiempo se pronuncia contra la ejecución del rey Luis XIV y dedica el preámbulo de su Declaración a una mujer, la reina Marie Antoinette, considerada por ella más víctima que culpable. Nada más peligroso en aquellos tiempos que oponerse a Robespierre y a Marat y, de hecho, Olympe de Gouges terminó siendo guillotinada en 1793.

“Los movimientos feministas y de mujeres en la Revolución Francesa constituyeron no un fenómeno que se produce ‘además’, sino un elemento constitutivo del propio proceso revolucionario”, escribe Celia Amorós. Recordando otras revoluciones, como la argelina, podríamos decir que esto no es una exclusividad de la Revolución Francesa. Y también que, en la mayoría de los casos, la historia de las revolucionarias no tiene un final feliz.

Es probable que esta feminista y revolucionaria que fue Olympe de Gouges esperara mucho de sus colegas en política. Pero como difícilmente podía ser de otra manera, la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y el Ciudadano de

1789, al tratar únicamente de los derechos de los varones y no de los de todos los seres humanos, debió decepcionarla profundamente. Dos años después, nuestra feminista avant la lettre presentaba la Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana, un texto nuevo y original que es a la vez una crítica punto por punto de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y el Ciudadano y una defensa precisa y original de la igualdad entre hombres y mujeres en todos los aspectos de la vida pública y privada.

Hoy Olympe de Gouges no es mucho más que un símbolo para los movimientos de liberación de la mujer. Y también se le reconoce un papel significativo en la historia de las ideas.

Dirigiéndose desde la primera línea a “las madres, hijas, hermanas, representantes de la Nación que piden constituirse en Asamblea Nacional”, y enfocando de entrada lo privado a la par de lo público y político, Olympe pasa revista en 17 artículos a todas las anomalías o lagunas del pensamiento masculino en materia de derechos humanos. Casi nada escapa a la redactora: al contrario de la Declaración oficial, ella relaciona de entrada Libertad y Justicia, en cuyo nombre reclama para las mujeres el derecho al voto, la igualdad de acceso al trabajo hoy la todavía vigente reivindicación de la igualdad de oportunidades y los derechos a hablar en público de temas políticos, a ejercer un papel en la vida política y a tener propiedades privadas y administrarlas.

“Las contribuciones de la mujer y del hombre son iguales”, dice el artículo 13. “Ella participa en todas las cargas, en todas las tareas penosas; debe, pues, participar igualmente en la distribución de puestos, de empleos, de cargos, de dignidades; también debe poder entrar en el Ejército y ostentar cargos tanto en la educación como en la industria o la Iglesia”.

No se sabe si fue consciente de todo el alcance de sus ideas cuando escribió en el artículo X la frase más famosa de su Declaración: “Si una mujer tiene derecho a subir al cadalso, debe tener igual derecho a subir a la tribuna política”. Ella misma cumplió con ambas cosas.

En varios de sus escritos al margen de la Declaración de los Derechos de la Mujer, Olympe se pronunció a favor de la supresión del matrimonio tradicional, de la instauración del divorcio y de la creación de un contrato de convivencia renovable anualmente y firmado por dos personas libres. Otra faceta de su originalidad fue pensar en algunos derechos propios de la mujer y dedicarse a la defensa de la infancia. Consciente del alcance de una de las plagas sociales de su época, y dirigiéndose directamente en el artículo XI a las Madres de la Nación, abogó por que las mujeres puedan “decir libremente ‘Soy la madre de un niño que os pertenece’, sin que un prejuicio bárbaro la obligue a disimular la verdad” y a “esconder un hijo ilegítimo”. También teorizó la creación de maternidades, de talleres nacionales para los parados y de hogares para los mendigos.

En el epílogo de su Declaración, Olympe de Gouges insta a todas las mujeres a recordarles a los hombres que sin ellas no estarían donde están. Y, por haber olvidado esto, ataca directamente a la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, considerándola una traición.

Tirada en sólo cinco ejemplares y rechazada por la Asamblea revolucionaria, la Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana llegó sin embargo a ser conocida en toda Francia y también fuera de ese país. Válida tanto para los hombres como para las mujeres, está considerada como la primera verdadera declaración de los derechos humanos cuya misma existencia invalidaba la de 1789.

“Mientras las mujeres no se inmiscuyan”, decía Mirabeau, “no existe una verdadera revolución”. Pues bien, a muchas de ellas, recordando de paso a Madame Roland, les ha ido muy mal.

Nicole Muchnik es periodista y pintora.

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