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junio 20, 2013 / Joaquim Montaner

Hoy quiero dar las gracias a una Mujer Salvaje

Gracias Soco, por todo.

 

La mujer salvaje.

escrito por Ricardo Kelmer

Su belleza es arisca, apartada de los modismos. Ella encanta por un no-sé-qué indefinible… pero también agrede la mirada. Es un tipo raro y no tiene habitat definido: vive en Catmandu, en el edificio de al lado o se trasladó ayer para Barroquinha. Y no dejó la dirección.

La mujer salvaje en casi todo es una mujer sencilla: coge el metro abarrotado de gente, aprovecha las rebajas,  saca la basura y hay días en que desiste de salir porque se ve un guiñapo (se ve… hecha un trapo). Sin embargo en todo lo que hace exhala un frescor de libertad. Y también da escalofríos: tienes la impresión de que has visto a una loba al acecho. Te asustas, miras de nuevo… y quien está allí es la mujer dulce y simpática, arreglándose el pelo, casi una niña. Pero por un segundo viste la loba, la viste sí. Es ella, la mujer salvaje.

La sociedad intenta pero no puede domesticarla, ella evita  las reglas. Cuando tú piensas que la capturó, se escapa como agua entre los dedos. Cuando piensas que finalmente la conoce, ella sorprende otra vez. Tiene el alma libre y solo se somete cuando quiere. Por eso escoge su pareja entre los que cultivan la libertad. ¿Y cómo los reconoce? Como toda loba, por el olor, por eso es bueno no abusar de los perfumes. Su movimiento tiene gracia, la mirada destila una sensualidad natural – pero, cuidado, no vayas pasándole la mano. Ella es un bicho, no te olvides. Le gusta el halago pero también araña.

Repara que hay siempre un mechón terco en su pelo: es el espíritu salvaje que sopla en su alma la refrescante sensación de estar unida a la Tierra. Es de ahí que viene su belleza y fuerza. Y su sabiduría instintiva. Sí, ella es sabia pues está en armonía con los ritmos de la Naturaleza. Por eso se conoce a si misma, sabe de sus ciclos de crecimiento y no sabotea la propia felicidad. Como todo bicho ella respeta su cuerpo pero no siempre resiste a las golosinas. ¿Una hippie del Mato, Gabriela del Charco? No necesariamente, la mayoría vive en la ciudad. Y hace días coquetea aquel vestidito negro básico de la vitrina. Y le encanta bailar en noche de luna llena. Ah, entonces es una bruja… Tal vez, ella no se interese por las etiquetas. Sabe que la inmensidad del ser no cabe en las definiciones.

A las mujeres les gusta hacer misterio. Ella no, ella es el misterio. Por una razón simple: la mujer salvaje sabe que la vida es una cosa asombrosa y perfecta y vivir  el más sagrado de los rituales. Ella siente las estaciones y se mueve de acuerdo con los vientos,  riendo de la lluvia y llorando con los ríos que mueren. Colecciona piedritas, habla con plantas y de una hora a otra quiere quedarse sola, no insistas. No, ella no es una esotérica deslumbrante pero vive deslumbrándose: con las heroínas de las películas, aquella librería nueva, el CD de aquel cantante… Ella se apasiona, sueña despierta y tiene insomnio por amor. Las injusticias del mundo la angustian pero ella respira  profundo y renueva su fe en la humanidad. Lucha todos los días por sus sueños, adormece en medio de preguntas sin respuestas y se levanta con el susurro de las mañanas en su oído, un día más, perfecto para celebrar el inmenso misterio de estar vivo.

Ella equilibra en si cultura y naturaleza, moviéndose bella y poética entre los dos extremos de la humana condición. Ella es rara, sí, pero no es una aberración, un desvío evolutivo. Por el contrario: ella es la más arquetípica y genuina expresión de la feminidad, la eterna celebración del sagrado femenino. Ella está ahí en las calles, todos los días. La mujer salvaje todavía sobrevive en todas las mujeres pero la mayoría tiene miedo y la mantienen enjaulada. Ella es lo que todas las mujeres son, siempre lo fueron, pero la gran mayoría se olvidó.

Felizmente algunas lo recuerdan . Fueron incomprendidas, sí, pero lamieron sus heridas y encontraron el camino de vuelta a su propia naturaleza. Esta crónica es un homenaje a ella, la mujer salvaje, el tipo que fascina a los hombres que no tienen miedo de la femineidad . Ellos se  ponen un poco nerviosos, es verdad, cuando de repente se ven delante de un especimen de estos. Por eso es que a veces suben corriendo al primer árbol. Pero es normal. Después se bajan, se aproximan desconfiados, cambian los olores y ahí… Bueno, ahí la Naturaleza sabe lo que hace.

TRADUÇÃO: Candice Graziani, candicegraziani(arroba)ig.com.br. Revisão: Carla Rocha.

El texto está tomado de aquí, pero si buscas por la red encontrarás otras versiones. Hay una, en especial, muy bonita🙂

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